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日志


12月28日

Un Hombre, una mujer... un pavo

Un hombre, una mujer... un pavo

 

La Navidad es esa época tan fría del año en la que todos podemos hacer una titánica gilipollez y salir de rositas... más o menos de manera impune. ¿En qué se diferencia entonces del verano? Se dirá el agudo lector. Comparemos ambas etapas del año: Impera el buen rollo, solía tener vacaciones pero ahora tengo que pringar... hojas de calendario a parte, la principal diferencia es que la Navidad está en el semestre de vino y el verano en el de la cerveza, más que nada por la temperatura que es sutilmente diferente (el puñetero signo que va delante del numerito... eso que me complicaba las matemáticas en el instituto). Eso y la comida. En verano nunca se me ocurriría comprar un pavo.

 

Anduve yo en pleno éxtasis consumista, algo que suele ocurrir cuando no tienes ni idea de qué comprarle a la parienta y sales a dar una vuelta para inspirarte. Estaba en el supermercado ojeando compactos packs de polvorones cuando lo vi. Tenía que adoptarlo, meterlo en el horno y comérmelo.

 

Propongo nuevas definiciones para “Pavo”:

 

-         Ave enorme que los gringos (que tienden a ser grandotes) suelen comerse en Navidad.

-         Plato típico de Pascua que, desde la perspectiva del comensal que no ha pasado antes del pollo asado, le hace creer que vuelve a la infancia debido a la nueva perspectiva (ave enorme = comensal pequeño).

-         Solución para la lucha contra el hambre criada en corrales de Chernobyl que, una vez salido del horno parece no acabarse nunca.

-         Alimento que genera sentimientos de solidaridad y generosidad cuando te llevas una ración para comer en el trabajo, debido a que suscita frases del tipo “¿Alguien quiere un poco?” o “¿Nadie va a ayudarme con esto?”

 

Han pasado cinco días y aun queda pavo en casa. Lo digo por si alguien quiere, dado que, tras aplicar mi sentido soviético de la previsión, resultó que ese pedazo de ave nos lo hemos tenido que comer entre Baby y yo. Verdi ayudó en la medida de sus posibilidades, pero si un gatito pasa de dos a cuatro kilos en tan poco tiempo sus esperanzas de dominar el mundo y esclavizar a la humanidad pueden verse seriamente mermadas.

 

La solidaridad murió con la Guerra Fría, una frase de la que he podido dar cuenta cuando la madre de Baby entró en casa y puso una compleja excusa (algo del tipo “No hasta que esos cabrones de Washington DC. reconozcan que la Guerra Fría la ganamos nosotros... al fin y al cabo no nos conquistaron”) para no ayudar en la causa común, en la lucha contra el ave. La señora parece haber roto el Pacto por las Libertades y el Pavo Navideño y, consecuentemente, he tenido que tragarme yo el problema... y su relleno. A veces con papas.

 

Le pregunté al Señor Lobo (me tocó trabajar con él en Nochebuena... y el día anterior y el posterior) si tenía experiencia con este gigantesco animal (para él debe ser una especie de pajarito frito porque el tipo es enorme) y me contó una historia de su pueblo, allá en Galicia: Efectivamente, había preparado y consumido enormes pavos (enormes para los mortales no para este Mazinger Z de la seguridad privada)... lo curioso es que me dijo que le tocó “emborracharlo”. ¿Qué coño le hacen a los pavos en Galicia? No daré detalles sobre nuestra improvisada receta (Baby podría enviar a un chino cachas para que me diese más leches que el hijo de puta de Neo)... sólo daré una pista sobre lo que nos inspiró: *

12月23日

Pascua y Yo

Una vez al año, cuando empieza a hacer un frío que pela, los humanos, futuros esclavos del Imperio de la Felinidad, empiezan a comportarse de un modo aun más absurdo de lo normal. Entran y salen de casa evitando contactar entre ellos para algún asunto aunque luego disimulan para el resto de ellos) y traen a casa un montón de cosas extrañas que, aparentemente, carecen de utilidad a medio y largo plazo.

 

En el estudio de este extraño comportamiento, sin duda de gran utilidad para mis planes de dominación global, me he encontrado con un fenómeno que va más allá de lo explicable por cualquier método que no incluya la superstición, ya sea el método científico o, mi preferido, el método mascótico, al que prefiero denominar “Método Verdi”.

 

Mañana del 22. Mientras todos los humanos de la zona están pegados a la tele (es algo más que una caja que emite luz... yo mismo me he sorprendido viéndola durante largo tiempo), el individuo denominado como Golfo, sale a la calle varias veces y vuelve cargado de bolsas de contenido desconocido y las esconde por toda la casa. Un análisis olfativo previo me induce a pensar que el contenido de las bolsas es comida y algo no comestible con alto contenido en poliéster. Sale una vez más y, a su regreso, trae consigo o que parecen dos formas de vida. Al final, resulta ser una forma de vida y un distractor, pero eso ha de ser explicado más adelante.

 

Primero coloca el señuelo, o distractor, ante mis narices, para aprovechar mis instintos de depredación y combate en una burda maniobra de distracción, como si no tuviese sentido del olfato. El objeto, parecido a un ratón que se mueve sólo, debe estar dotado de alguna función psíquica para centrar mi atención y devolverme a un estadio anterior de mi evolución, de proto-emperador tiránico, autócrata y falsamente paternalista, a cachorro juguetón,  abrazado a esa bolita vibrante de pelo sintético que le da pataditas con las patas traseras. Mientras tanto, Golfo comete el gran error de abandonar a mi alcance la forma de vida en el salón, y vuelve a salir.

 

Este nuevo ente, se caracteriza por crecer desde un receptáculo de plástico oscuro, y poseer unos apéndices que ineludiblemente me recuerdan a mi droga favorita: El jamón.

En ese momento de confusión casi psicotrópica, la nueva forma de vida, vegetal para más señas, me habla:

 

-         Hola, soy Pascua

-         ¿Miau?

-         Soy una Planta de Pascua

-         ¿Y?

-         Cómeme

-         ¿Mande?

-         Muerde mis hojas, derríbame y hazme caer al suelo... ¡Destrózame!

-         Espera, vayamos por partes...

-         ¡Te he dicho que me agredas! ¿Qué parte de Cómeme no has entendido?

-         Propongo conocernos un poco primero, deja que te huela y...

-         ¡Hazlo!

 

El resultado no puede ser otro. Cuando menos una hojita, de pésimo sabor a propósito, si que fue mordisqueada por mis magníficas fauces trituradoras de pienso, sin embargo fue una trampa. Golfo regresó y montó el follón acostumbrado al ver a la nueva y traicionera forma de vida mutilada (eso dijo ella... ¡Por una puta hoja!) para después actuar como fuerza de interposición alejando a la nueva compañera de piso de mi área de acción.

 

Provocación y luego denegación. Oferta de algo parecido a jamón para provocar un rechazo al mismo por el sabor... aquí hay gato encerrado. Mi conclusión es que, una vez al año, este par de imbéciles trata de desintoxicarme del cerdo con un programa de condicionamiento mental que me lleve a rechazarlo debido a su sabor.

 

¿Fiesta religiosa anual?

 

¿Denegación de la ingesta de productos porcinos?

 

¡Estos dos idiotas piensan convertirse al Islam!